Mi dulce Mónica


Se conocieron a finales del verano, tres años atrás. Él quería asustarla, que se marchara de su casa y volver a su sempiterno descanso. Dejó ver su imagen en el enorme ventanal, pero fue ella quien lo asustó al sonreírle dulce y tranquila. Phillipe miró sus ojos con forma de almendra y cayó sin remedio en ellos. Se desvaneció raudo, asustado por lo que había sucedido; nadie le había vuelto a sonreír desde aquella fatídica noche en que el reloj de su corazón se había parado.
Los días pasaban, y Phillipe no podía dejar de seguirla por la enorme y vacía casa allá donde ella iba, a veces ella le sonreía, otras, no reparaba en su presencia. Mónica era un ser extraño, se decía el fantasma.
Una noche, varios meses después de la llegada de Mónica, Phillipe, que siempre había respetado la intimidad y el descanso de la muchacha, decidió entrar en su dormitorio. Miró a su alrededor, todo estaba en silencio, en el enchufe de la mesita prendía el cargador del teléfono móvil de ella. Phillipe se acercó, no entendía aquellos cacharros modernos, cuando él vivía ni siquiera las bombillas se habían inventado. Miró la pantalla, había un mensaje de papá. Se olvidó del teléfono en cuanto sintió que Mónica se movía en la cama, descansaba tranquila, una media sonrisa se intuía en la comisura de sus labios; fue entonces cuando supo que estaba enamorado, la capa de hielo fría y dura que cubría su alma marchita se había derretido poco a poco, gota a gota en los meses.
Más de un año había pasado desde que el amor de su vida había llegado, ya no podían separarse, el alma de Phillipe ahora fuerte y brillante le pertenecía a Mónica; y ella a su vez le había entregado a él la suya. LA felicidad los embriagaba, pero pronto se acabaría. Un elegante coche negro seguido de una ambulancia blanca llegaron para aparcar en el jardín de la enorme casa.
Mónica reconoció la ambulancia, sus ojos se abrieron y comenzó a temblar. El doctor Monroe entró siguiendo los pasos del padre de la chica.
─Hija, lo siento. ─ Su mirada denotaba tristeza. Era sincero.
La chica trató de revelarse, pero el doctor la aguantaba con la ayuda de dos celadores. Phillipe miraba atónito e impotente, no podía hacer nada por ayudarla. Se maldijo en silencio.
El doctor la sedó y los efectos se hicieron notar rápidamente.
─¿Cuánto tiempo doctor?
─No lo sabemos, su enfermedad ha avanzado, antes sólo eran delírios pero usted dice que tiene visiones.
La casa se volvió a quedar sola, en silencio, por dos años más. Phillipe vagaba nuevamente en su cárcel; hasta que una noche, un alma nueva llegó a la morada del fantasma. La buscó raudo, aquél era su hogar ninguna otra alma podía ocuparla, la ira lo embriagaba. Unos hermosos ojos aparecieron ante él seguido de una sonrisa que iluminaba toda la estancia.
─Mónica.
Phillipe corrió hacia ella, y por primera vez pudo besarla.



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